Hoy en la noche el grupo La Manta hará de la Sala Dagoberto Guillaumín el espacio para compartir ese espectáculo que han convertido en un viaje sensorial a través de su música y proyección de imágenes, en el que los seis integrantes dejan fluir los estilos, las influencias y sus reintepretaciones de música tradicional, versos, improvisación poética y un asomo jazzero.

Su presentación es parte de las actividades del Festival de Teatro La Libertad.

En la ofrenda para sus espectadores prometen incluir temas de sus dos producciones (La Manta, 2009, y Árbol de la Esperanza, 2013), así que quien ya los ha escuchado y quien aproveche esta oportunidad podrá escuchar sones como “La Llorona“, “El Maracumbé“, “La Petrona“, los verá jugar con la palabra en sus versos que suelen adaptar a cada ciudad, a cada espacio y a cada público.
Y es que, como dice Eloy Fernando, tratan de hacer que todos recuerden el espectáculo y que mientras el grupo fusiona estilos y géneros, su público amalgame sensaciones, sentimientos y reflexiones.

“Es un viaje, porque además de que prácticamente tocamos músicas de distintas regiones, tratamos de pasar por todas las sensaciones humanas posibles, es un viaje por México, mayormente, con todo lo que eso significa, con todo lo que representa, es decir que no todo es miel sobre hojuelas (…) como dice el verso de La Llorona, `también de dolor se canta”, hay música para el gozo, música para pensar, hay música para ponernos más tristes de lo que ya estábamos, para hacer introspección”, dice en entrevista.


Aunque están asentados en Xalapa, La Manta está tejida con hilos de distintos lugares, Eloy es de la Huasteca, Carlos Zambrano vio la luz en San Luis Potosí, Ramiro González abrió la puerta a este mundo en Ciudad Victoria, Tamaulipas; Wilka Vázquez es veracruzano, mientras que Manuel López e Hiram Marcor, nacieron en la ciudad de Xalapa.
Hay sencillez en las palabras que obsequia Eloy antes de la presentación, pues aunque han compartido escenarios con artistas como el vocalista de Led Zeppelin, Robert Plant, quien lo invitó a abrir su concierto en la Ciudad de México, y que se han presentado en foros como el Vancouver Folk Music Festival, en Canadá, los llena de alegría tocar en la llamada Sala Chica del Teatro del Estado.
“Estamos bien felices de tocar en esta sala que tiene cierto encanto para presentar espectáculos musicales, tiene un tamaño idóneo”, comenta con una sonrisa el músico de 33 años que sabe bien que el éxito es pasajero, no así el gusto por interpretar música y crear la propia.
Al respecto, explica que La Manta trabaja sobre dos ejes básicos: la interpretación, la recreación de temas emblemáticos, desde músicas tradicionales de distintas regiones del país, que para el grupo son un pretexto ideal para adaptarlas a cada espacio, a cada foro, a cada escuchar y aprovechan para hacer crítica social, versar al momento.
“El otro eje en que trabajamos es la creación de nueva música a partir de temáticas rítmicas, acentuaciones, instrumentos, elementos de músicas tradicionales de México, pero creando cosas nuevas… La Malta es una propuesta basada en estos conceptos y no pretende de ninguna manera imponer ninguna verdad, ni tampoco pretende pregonar que descubrimos el hilo negro, y lo hacemos con humildad, con sinceridad, para provocar felicidad a nuestra gente y también a nosotros mismos realizándonos como personas”, cuenta.
Su concepto rebasa las notas, las letras, pues esa mezcla se sonidos las acompañan con producciones visuales hechas por la artista Teresa Irene Barrera, a quien el grupo define como “artista increíble de la Ciudad de México que hace stop motion y que nos ha apoyado en este viaje, que hace que ir a un concierto nuestro sea una experiencia, que sea raro que alguien se vaya sin opinar, o sin sentir nada… en serio, que no se te va a olvidar nunca”.


Gozan llegando a la gente, andan como dicen ellos mismos, a ras de piso por todas partes de México y de otros países, pero al ser mexicanos viven y conviven en cada sitio en que se presentan hasta donde les es posible, hasta donde los lugareños se los permiten o hasta donde fenómenos como la delincuencia organizada lo deja llegar.
“Hemos tocado en pueblos muy pequeños de Oaxaca, en sitios peligrosos de la frontera norte… En una ocasión hasta fuimos detenidos y encañonados por un comando del crimen organizado en un lugar de Tamaulipas, hemos ido a Ciudad Juarez, Culiacán, Reynosa, Nuevo Laredo… Somos muy receptivos con la gente, nos gusta que sientan este viaje que ofrecemos, con todo lo que eta palabra significa… ofrendar”, señala el huapanguero Eloy.
Y su ofrenda de este miércoles será en la Sala Dagoberto Guillaumín, ahí es el punto de partida de este viaje que inicia a las 20:00 horas y para el que solo debes pagar cien pesos a cambio de lo que prometen será una experiencia de sentidos.